El día de San Esteban hicimos comida familiar en casa de mi suegra. Estábamos mis padres, el hermano de Marc con la niña y la mujer y nosotros dos.
Aina está hecha un encanto de niña, con sus dos añitos y meses. Ya comienza a hablar con esa lengua medio de trapo que tiene y es genial hacerle cagar al tió. El ritual era siempre el mismo: la enviábamos con alguien al lavabo para que mojara el palo con el que iba a pegar al tió, metíamos corriendo los regalos debajo de la manta y la llamábamos para que cantará la canción ("Caga tió, ametlles i turrons, no caguis arengades, que són molt salades, caga torrons, que són més bons!"). Claro, cuando la niña veía todo aquel montón debajo de la manta debía pensar: "Pá que voy a cantar si el bicho este ya cagó" y se iba directa a levantar la manta hasta que la parábamos y le obligábamos a cantar.

También están quitándole los pañales, así que cada dos por tres tienes que preguntarle si tiene pipí. Y si te dice que sí, llevarla corriendo al orinal. La vez que la llevé yo, le bajé las medias y las braguitas, la senté en el orinal, la limpié cuando acabó y le lavé las manitas y la cara. Que buena tía soy, ¿verdad? Entonces, ¿por qué la niña me miraba mal, andaba como un pingüino y no paraba de repetir "Ayudo, ayudo"? Aaaaaaaaaaaahhhhhh. Leches. Que me olvidé de subirle las braguitas y las medias.
Falta de práctica.